Compartir

Este semestre el cuadro barranquillero ha sido muy criticado por la falta de actitud de los jugadores, por los erróneos planteamientos tácticos que han dispuesto los técnicos y sobre todo por el bajo nivel futbolístico de sus jugadores. Solo hoy presentaron una mejoría en cada aspecto, fallando únicamente en el aspecto ofensivo, pero a falta de actitud y de nivel, se le agrega la desconcentración de sus jugadores, y a la muestra un botón con ínfulas de deja-vu:

Mucho se hablaba en Barranquilla, que el planteamiento defensivo de Comesaña, que los cinco defensas, que la falta de atacantes en la lista de convocados, que la desaparición de Ephanores y Pibes en la cancha. Se discutió y se criticó, pero el equipo salió con cuatro defensas y tres volantes de marca. Un planteamiento, en teoría aceptable para jugar en la casa del campeón de Ámerica.

Arranca el partido y desde el inicio se reparten las opciones entre los dos equipos. En el primer tiempo el balón pareció un estepicursor en la cancha, esas bolas de plantas que ruedan en el desierto a merced del viento, de lado a lado, de equipo a equipo, sin volante alguno que podara dicha maleza en el campo de juego. Uno que otro disparo al arco para los verdolagas, que navegaron todo el partido sin comandante al timón, y una que otra ocasión para los tiburones, que haciendo replica a su nivel futbolístico actual, decidieron ser la tormenta para el barco a la deriva que fue Atlético Nacional en los primeros 45 minutos de juego. Se cierra la primera parte, cero a cero.

Salen los veintidós jugadores a la cancha, esperan al único mandatario del país que no está manchado por la ola de Odebrecth. Se inicia la segunda mitad, y los equipos recaen en la misma organización de la precedida mitad de juego. El técnico local, por su parte, acelera el motor de sus jugadores, y estos haciendo caso, desequilibran la balanza a su favor. Opciones de Dayro y de Rodin Quiñonez alientan a los fanáticos presentes en el Atanasio Girardot, quienes en espera del éxtasis futbolístico cantan sin parar. Por el otro lado, el Junior se amarra, y como muro en Berlín trata de filtrar cada pase u opción de gol que se acerque a predios del uruguayo Viera.

En una situación desafortunada, el pecoso Correa, haciendo uso de su facultad humana se equivoca de manera irresponsable, cometiéndole falta a Dayro Moreno. Penal, una vez más, los curramberos tambalean. Mirada desafiante, fijada en el arquero. Cinco pasos de baile bien sincronizados. Gol. Partido uno a cero.

El cuadro rojiblanco, hoy haciéndole honor al Inter de Milán, despierta. El mechudo emblanquecido Julio Comesaña manda a la cancha a Robinsón Aponzá. Entra inquieto, como niño esperando regalo en navidad. Da sus primeros pasos en el terreno y recibe el balón. Vuelta por aquí, vuelta por allá, así fue dejando jugadores el habilidoso volante, hasta que vió en política libertad al boyacense Leonardo Pico, que al fin descubrió el verdadero significado de su nombre. Pierna derecha en movimiento pendular. Caricias al balón y al arco. Gol. Disparo inatajable para el arquero argentino, que nada pudo hacer para evitar el beso coqueto que le mandó el volante juniorista. Partido en tablas.

Se acerca la zona roja para el cuadro quillero. La memoria inevitable del minuto 94 se avecina. Los jugadores entran en letargo, el virus se acerca. Primero aparecen los escalofríos. La defensa tambalea, sin que la ofensiva verda y blanca se acerque. Contragolpe peligroso por la banda derecha. Centro buscapié. Entra el ángel Andrés, sólo, en busca de agua que calme su sed. La encuentra. Dispara al arco. Gol. Se inmuta el banquillo visitante. Como cosa rara, entra en silencio. Partido dos a uno.

Silbato a la boca. Mano abierta en ansias de algún tipo de consuelo. Suena la catastrófica melodía. Final del partido.

Junior vuelve a perder, parece que no hay nada que hacer. Ni con la ayuda del doctor Serje se encuentra la sanación. Parece que Diomedes falló, después de Dios la salvación hoy no estuvo en la medicina. Ni el acetaminofén salvará al cuadro costeño y sus hinchas, que cada ocho días recaen en la vergüenza periódica que les genera sus, ya no tan queridos, jugadores

Escrito por: Jose Palma