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La gente en Barranquilla no aguanta más, están desesperados, pareciese que cualquier tipo de religión los ha abandonado. Ni los rezos rutinarios de las comunidades católicas, ni mucho menos las suplicas extranjeras de los árabes, que con un gran aprecio se les ha acogido en la historia barranquillera, han tenido efecto. El Junior, el “bollito” más deseado de la región caribe, la envidia de miles de mujeres desconocedoras del sentimiento irracional que generan los rojiblancos, aunque también un asunto de sumo recelo entre los hombres que no le sueltan la mirada a las bellezas caribeñas, que no hacen nada más que seguir a sus once tiburones de inicio a fin, va de capa caída.

Hoy, los dirigidos por el uruguayo Julio Comesaña, tuvieron que visitar las inhóspitas y poco fructíferas tierras chibchas, llenas de un ambiente frívolo que año tras año entumece la alegría de los aficionados junioristas; tierra donde sólo unos pocos, catapultados en los almanaques como leyendas, merecedores de la tradición audible y hereditaria, dueños de todos los satélites de emisión de la radio bemba popular, escuchada de esquina a esquina, remembrando y haciendo mella al maestro, “El Negro” Perea, triunfaron en ellas.

Desde un principio, los rojiblancos se pararon en noción defensiva, haciendo contrapartida y destruyendo todos los anaqueles de la táctica costeña. Cinco defensas y tres volantes guardianes fueron los encargados de aniquilar a cualquier león santafereño que se arrimara a las tórridas aguas del mar caribe. Los cardenales, por su parte, originarios del gélido césped del Campín, asumen con gran nivel su papel de locales. Inician el juego de banda a banda, toque y toque, arribando con diminutos pasos a suelo visitante, dominando las estadísticas en materia de posesión, no soltaban el balón. Sin embargo, tan férrea fue la, nunca antes vista, muralla visitante, que sólo pudieron atentar dos veces contra la humanidad del guardameta Viera.

En una jugada desafortunada, a pocos minutos del término de la primera mitad de guerra, Deivy Balanta, en un fallido intento de personificar en cancha la legendaria barrida de Arturo Segovia, le comete falta al rival. La jugada, visualmente no tiene peligro alguno. Se para el eufórico y encendido Johan Arango detrás de la redonda. Mira a los movimientos de sus compañeros e idealiza un sinfín de jugadas de gol. Miríadas de líneas pasan por su cabeza. Centra. El defensor Correa desafina en su intento de rechazo y se suicida futbolísticamente. Se tira al suelo, golpea el césped, está desconsolado. Uno a cero, gana Santa Fe. Al parecer un tiburón salió del agua, evolucionó tan rápido que se creyó león. Así finaliza la primera parte.

Los guerreros salen a la cancha con el mismo planteo por bando. Tiburones a defender y leones a morder, atacar y arrancar cualquier fragmento de dignidad que le queda al conjunto quillero. Pasan los minutos, obran sin cesar y el partido se congela, mucho frío en la capital. Pases errados, desentonaciones propias de estudiosos e intelectuales, que desde las tempranas aulas de clase abandonaron la técnica inferior del cuerpo.

En un chispazo, los dirigentes extranjeros tratan de frotar la lámpara. Hacen cambios, cada uno por su parte, en espera de algún destello marodoniano en la cancha de juego. Comesaña manda a la cancha una instrucción abandonada en el folclore costeño, por lo menos en el presente año, ¡Vamos a atacar! –grita el emblanquecido uruguayo. Sus jugadores lo escuchan, toman el cuero y lo amarran cimentados en la llegada de un falso profeta, Bernardo Cuesta. Jarlan, Toloza y demás amigos retoman sus viejos andares atrevidos, enganche por aquí y túnel por allá. Pero no hay compañerismo, no existe apoyo alguno, las madres de estos muchachos estarán tristes, tanta charlatanería sobre la solidaridad y generosidad y sus descendientes no las expresan en el terreno. En ciertos momentos recuerdan las palabras maternales, toman el balón, lo comparten y tiran paredes, que generan un flujo fluvial que termina mansamente en manos de Robinsón Zapata.

El partido se torna monótono, jugadas y jugadas, felinas y tiburones que no obran en aras del cumplimiento histórico del éxtasis futbolístico, ese que activa y desencadena un desbordamiento incontable de testosteronas en los poros humanos. El árbitro se aburre, cansado de mirar la desdicha de los hinchas que acudieron al estadio, pone fin a los noventa minutos de desaprobación ofensiva de ambos equipos. Suena el silbato. Fuiit, fuiit, fuiiiiiii.

La costa no aguanta más, desde hace días el vaso está a punto de desbordarse. Y con la ayuda de la temporada invernal en las ciudades costeñas, se cree que ese vaso se romperá en cualquier momento. Tal vez hoy, tal vez mañana, pero necesitamos solución rápida alguna. Que rifen y regalen eutanasia en la costa, pero una que sea diferente, que no acabe con la vida humana, sino que la congele y la pause, porque en el próximo torneo los tiburones renacerán.

Escrito por: José Andrés Palma Navarro