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Los equipos suben, unos bajan, unos golean y a otros los llenan. Junior gana, golea y lo llenan. En Barranquilla se sufre, se goza y se llora, pero en estos momentos ni siquiera se interesan. Si gana Junior bien, sino también. El equipo currambero no provoca, ni provocará sentimiento alguno en lo que queda de campeonato, puesto a que, así gane y golee como lo ha hecho hoy, no tendrá ningún fruto, ya está eliminado.

El día de hoy los rojiblancos jugaban contra el conjunto leopardo, originario de la ciudad de Bucaramanga. Junior sin posibilidad alguna y los bumangueses jugándose la vida en los ocho. La luna se asoma. El sol se esconde y los planetas se alinean. Todo está preparado para el inicio de los noventa minutos de fútbol más irrelevantes de los últimos tiempos. Tanto interés tuvo el partido que cuentan las malas lenguas en Barranquilla, que vieron a centenares de taxistas hinchas del Junior, yendo a los lugares más lejanos y sombríos de la puerta de oro de Colombia. En Bogotá pasó igual, con el arrebatao, solitario y caribeño juniorista que se entumecía y cruzaba las piernas, debido al frío intenso que hacía mientras escuchaba la radio en su amarillento cacharrito.

Arranca la disputa por el orgullo deportivo. Y en tan solo dos minutos llega la primera opción del local. Corrida del “Niche” Guerrero, disfrazado de Toloza, quien dispara al arco. Tiro que el portero visitante ataja sin problema alguno, anticipando el rutinario día laboral que tendría el guardameta. Minutos después, Jarlan, haciendo alusión a su histórica familia, tira un enganche, amaga a un lado y lanza el balón hacia el otro. Recibe el paragua Ovelar, la duerme con la izquierda. Pin Pon. Arriba la cabeza, atisba desde el umbral del estadio una sombra poco lúcida. Manda un pase, apostándole a un salto de fe. Llega desde el nublado resplandor fantasmagórico Toloza. Empujón con gran fuerza, utilizando su tren inferior, hacia el balón. Gol. Encuentro uno a cero. La hinchada salta espantada, el negro marcó gol.

Mientras las contables personas que asistieron al Metropolitano recobran la compostura. Rezan, suplican y oran por tan oscuro suceso, el onceno charlatán, comandado por Jarlan Barrera, consigue un tiro de esquina. Los defensores suben. Los delanteros atentos al cobro. La zurda mágica, dotada con el acondicionador de los rizos de oro del eterno diez de la selección tricolor, saca de la manga un efecto desconocido por las leyes de la física. Se arma el borbollón en el área. Manos a la cadera del rival, con orden de empujar. De pronto, se avista la misma sombra que se presentó en la primera anotación. Esta vez, los fanáticos la alcanzan a ver. Gritan y corren en busca de sus abandonadas biblias. El único budista presente, se sienta y empieza a raparse el cabello, disculpando y limpiando las malas acciones que ensucian su círculo de energía. Amague por aquí, cabeceo por allá. Movimiento de nuca bien marcado. Lágrimas y lamentos. Segundo gol de Toloza. A comprar el baloto.

El equipo rojiblanco no se lo cree. Inmutados, se miran entre ellos buscando respuesta alguna. Van ganando, están jugando bien. Corre el reloj. Se acerca el silbatazo que le pondrá fin al primer tiempo, y todavía Ovelar, James Sánchez y Viera se miran de reojo, agitan las manos en señal de incógnita y encogen los hombros, mostrando que no tienen ni idea de que año es. Repentinamente, los visitantes, al darse cuenta de la actitud apacible que existía en el otro predio del terreno,  comienzan a tocar y amañar la redonda. El diez, John Pérez, acoge todas las enseñanzas de su padre; “suéltela rápido mijo”- le decía. Balón al delantero. Un tiempo, dos tiempos y recibe el balón el futuro vencedor. Gol. Partido dos a uno. Viera mira a Ovelar, y este asombrado le grita: ¡Es dos mil diecisiete capitán! Fin de los primeros 45 minutos de juego.

¡Hey que está pasando men!- preguntó Pedro, hincha desde los siete años del Junior. ¡Cole te lo juro que yo no sé, Junior va ganando mi llave!- le respondió su viejo amigo Andrés, quien lo introdujo a esa hermosa pasión rojiblanca. Mientras tanto, los equipos vuelven a la cancha. El árbitro suena la trompeta, dando inicio a la segunda parte de juego. Junior coge el balón. Lo domina. Pasan y pasan. Balón de lado a lado. Izquierda, derecha, oriente a occidente, sur a norte. Los espectadores miran y pasean su vista siguiendo el movimiento monótono de la circunferencia esférica hasta que les entra un espasmo en la nuca. Jarlan a James, y este repite para Toloza. El delantero y goleador de la noche corre y tira un centro que rebota en cuerpos visitantes. El esférico cae en pies de Sánchez. Levanta la cabeza y alcanza a ver el trampolín que cae en lotes bumangueses. Manda el balón en dirección a la malla elástica donde espera Ovelar. Salta, se eleva por los cielos y alcanza a ver el Pie de la Popa en Cartagena. Movimiento perpendicular de piernas y mueve la cabeza, dándole un frentazo al cuero en dirección a la red. El balón rebota en el suelo a centímetros de la línea, se levanta y entra. ¡Touchdown!-grita el gringo. Tres a uno. Partido cerrado.

El pueblo costeño mira asombrado a sus jugadores, casi incrédulos. Sus amados colores, y sus, no tan queridos jugadores van ganando y están dando un gran espectáculo. Pasa un ventarrón gélido, en señal de espanto. Los niños gritan y lloran. Sus padres los consuelan y le gritan al árbitro que acabe el encuentro inmediatamente. Él, mostrando sus facultades humanas, se conmueve del sufrimiento de los infantes. Agarra el silbato, lo dirige hacia su boca y lo sopla. Fin del partido. Fin del sufrimiento infantil. Junior gana. Terror a las fueras del estadio.

Mientas que los exagerados espectadores salen atemorizados de la cancha, aparece la estrella del partido Toloza. Jarlan lo acompaña y se dirigen a la gente. Cuando ya están cerca, se paran y gritan para que les pongan cuidado: “este es el amor amor, el amor que me divierte, el Junior vuelve y gana pero a los ocho no se mete”.

Escrito por José Andrés Palma Navarro