Compartir

Sollozos, alborozos, algarabías, juergas, en últimas carnaval y viejos tiempos, son las pocas palabras que describen lo que hoy sucedió en el Metropolitano. Las pocas sílabas que juntan unos sonidos inertes a cualquier costeño de pura sepa, un caribeño juniorista.

Los caballeros se visten, se engalanan. Amarran sus botines y alistan su camisa, sin saber lo que a unos cuantos metros se está cocinando. Llegan y llegan, multitudes de almas que iluminan el estadio, que vuelven a su hogar, dulce Metropolitano.

Ellos salen, con el tamaño de un alfiler, y se sienten como una pluma, que la misma hinchada, la que vuelve a casa, se encargará de soplar y resoplar. Claramente se les ve presionados, el aire en la arenosa está tenso, húmedo y pesado, y las miradas de ,más de 30 mil espectadores, los arrinconan a la pared. Pero ellos son inmensos, valientes y leales a su juego; una charla en la mitad del campo, bastó para que calmaran el miedo, sobre todo, los menos experimentados. Nadie sabía lo que venía.

Pitazo inicial. Suspira el escenario. Los rivales, se ponen la camisa de trabajador, de villano. Camisas verdes, atemorizan en los primeros minutos de juego a los fanáticos. Mientras que en la cabeza de  los nacientes ídolos, está la red contraria, la red los amoríos; que, custodiada por Cristián Bonilla, empalagaba a Teo y a sus amigos.

El nerviosismo pasaba y luego volvía, así como las olas mundialistas que hacían los enamorados en las graderías. Repentinamente, empieza la tromba a llegar, el río a fluctuar y la corriente a cebar a los tiburones hambrientos de gol. Leonardo Pico, de gran partido, probó de larga distancia, el portero atajó. Yimmi Chará, el naciente emulo del “Niche” Guerrero, combinado con una pizca de especias, con ínfulas de Vladimir Hernández, también saboreo las redes contrarias, nuevamente, el villano atrapó. Casi de entre los muertos, el jugador más fantasma, un villano infiltrado, que hoy se vistió de héroe, abrió el telón de la sinfonía barranquillera. Trompeta en la tribuna, violín en la cancha (Teo Gutiérrez), tambor en las gradas, violonchelo en el césped (Chará), pared ilusoria y balón a Escalante, el pianista sustituto. A su ritmo marca los does y los míes, para terminar en un gol agudo, en escala de sol. Gol de Junior. Ya se imaginan lo que pasó, ojalá lo hayan podido ver, porque es indescriptible.

Así se cerró la primera etapa, llevándose consigo el nerviosismo de la juniormanía, el movimiento de moda en la costa. Alegre Comesaña, alegría en las tribunas y en los televisores, enfado en Luis Fernando Suarez.

Uno… cuatro… ocho… ¡quince! Se acaba el  entretiempo. Salen los valientes rojiblancos, igual a como lo hicieron en los actos protocolarios, solo que esta vez, venían con los dedos sucios, llenos de gol. Sin esperar, un Sebastián Hernández ansioso, soltó un derechazo, antecedida por una magnífica filigrana (gambeta) del hijo de la Chinita, que se encontró con la rodilla del simbólico Chará. Simple, balón a las redes. Dos a cero. Sencillo, simplemente fútbol. Simplemente Junior.

La sinfonía estaba afinada, en su mejor noche, la batuta de Comesaña no erraba, se asomaba al umbral de la perfección (sólo se asomaba). Mando unos relevos, para que fuesen aplaudidos los que ya habían sudado, y para los que venían limpios, se llenaran de ese espíritu. Jarlan, la promesa que este semestre alumbrará fuerte, entró. Julio escucho las algarabías y groserías que caían desde arriba. ¡Pelo ´e burra, mete a Jarlan, nojoda!

Pues sí entró, y junto a él, se recuperó el balón que tiempo atrás había arropado a Seguros La Equidad. Sebastián Hernández volvió a aparecer, mando un beso de gol a Chará, que como en una baldosa, sacó al guardameta Bonilla, que lleno de humillación estiró las manos tumbando al enamorado futbolista afro. Penal. Ya se habían celebrado los goles de Chará, de Escalante, pero faltaba el de la gente, el del niño del pueblo. Él tomó el esférico, apenas vio caer a su compañero, sabía lo que venía, su gol. Y con un disparo, lleno de empanadas, masas de harina, Europa, Argentina, México, y su abuela, movió las redes norteñas, y celebró el gol antecesor de la gloria que se avecina, “la gloria de Teo”.

Por ahí dicen que a las fueras se sintió un temblor, casualmente, de 8.29, en la escala de Richter. Y, se me olvidaba, o no quería ostigar a los futboleros, Sebastián Viera tapó un penal.