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Allá, en la tierra azucarera, en la sucursal del cielo, donde los dioses siembran sus leyendas para que obren en libertad propia sobre sus contrincantes; allá, Junior pegó, y pegó duro, frente a las imposiciones del juez central, del martillo de penalización

Como cualquier visitante, fueron saludados muy cordialmente, con mensajes a las madres de cada uno, por veinte mil aficionados locales, que a punta de algarabías y juergas en la tribuna desgastaron su voz.

Saludo va, mensaje llega. Comesaña ubica a sus fichas en el tablero de ajedrez: peón a dos movimientos de su posición inicial; alfiles a destruir con diagonales sorpresivas a cualquier rey que abra la puerta de gol; torres de flecha y distanciamiento largo, que vuelven en linea recta cubriendo las bandas de juego; caballos de acero, engalanados y envalentonados para cubrir las fichas blancas del local, y cuando estuviese la opción, adelantarse, saltarse unas cuantas fichas en “L”, y poner en jaque al rey azucarero.

Con las ordenes ya estipuladas, arrancó el partido. Los caleños, obedeciendo las reglas de juego, movieron de primeros. Movieron sus jugadores y se arrimaron a pórtico currambero. El alfil Amaya, y la reina, prometedora, y, dicen por ahí, bien estudiada, con leve gusto por los cuartetos líricos y poéticos, Benedetti, armaron la fiesta entre las negras.

Al llegar, minutos más adelante, los caballos de juego, se levantó una pared defensiva y contraofensiva, que tuvo su clímax en el primer jaque de juego. Salieron los peones frontales del Junior, los alfiles no volvieron, y las blancas, mediante la filtración del balón de su alfil estrella, y la diagonal repentina de su prometedora reina, pusieron el primer gol del encuentro. Amaya puso el cuaderno, el lapicero y el borrador, y Benedetti la escribió. “Vi al armazón abierto, cual piernas de mi amada, levante la cara, le pique el ojo, le endulce el oído, palabras van y vienen,y la emboque adentro”.

Con esa magistral jugada, nobel de literatura además, se acabó la primera parte de juego. Fichas negras a la defensiva, con un peón sorpresivo y bien puesto, James Sánchez, cubriendo la torre blanca y veloz, Luis Manuel Orejuela. Pierde uno a cero el Junior.

En el entretiempo, Cardenas trabajó la mente de sus fichas. Caballos atrás resguardados, y alfiles a atacar por cualquier hueco que vean disponible de acceso.

Arranca la segunda mitad. Cali obedece a su técnico, acomoda sus fichas, ordena los lineamientos y inicia la tromba ofensiva. En una jugada de mala suerte, Amaya se adelantó frente a un peón, que con el rabillo del ojo, lo veía en diagonal, y en la siguiente jugada no dudó en comérselo. Sale lesionado Amaya.

Al ver esto, Julio Comesaña vio un airoso hueco de juego, para poner sus estrellas, Chará y Teo. Lastimosamente, el experimentado equino, Andrés Pérez, se avivó al ver a Balanta corriendo por el balón, se estrelló con él y fingió un dolor exacerbable e inimaginable. Balanta expulsado. Junior con diez.

El Deportivo Cali, en uso del razonamiento lógico, adelantó sus líneas, arremetió con toda, en busca del jaque final. Mientras tanto, en Junior, se vivió una locura momentánea, se acomodó el nuevo defensa central, adelantó a sus caballos y calentó los nervios del equipo rival. Repentinamente, la flecha diagonal, negra, Chará, en una jugada veloz, atavesó la muralla visitante, dio el balón a Teo; y éste, recordando sus mejores movimientos en la selección, bailó, en honor a Armero, al central, pasó el esférico, y puso en posición de gol a Chará. Gol.

Cali tiembla, la sucursal de los dioses se empieza a caer, el gol visitante, le da un obstáculo complejo de derrocar para su onceno deportivo. En la cabeza del técnico Cárdenas sólo retumbaba la frase: ” de Chará y Teo librame señor”. Sin embargo, tenía que espabilar, levantó a sus jugadores y los mandó a atacar.

Obviamente el dios celestial no escuchó las plegarias del DT, porque minutos después de sus rezos mentales, llegaron los tiburones a predio verdiblanco, pintaron nuevamente las paredes, y generaron dos jaques temerosos. El primero, a cargo de Leonardo Pico, se estrelló en el travesaño. Mientras que el segundo, terminó en las redes del rey, mas el juez de línea no lo validó, levantó su bandera y cometió el pecado más temeroso de juego. Gol legal, juez estúpido. Al argentino se le pegó lo corrupto.

El Cali intentó, arrimó todas sus fichas, pero no pudo lograr jugadas dignas de gol, ni tampoco pudieron contrarrestar la brillantez impuesta por el golero uruguayo, e idolatrado, Sebastián Viera. El juez levanta sus manos y pronuncia su sentencia final. Empate a uno. Fin del partido. No se les haga extraño escuchar por las calles de Colombia y de Sudamérica las plegarias del mandatario Cárdenas: “de Chará y Teo librame señor.