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Un partido para los gladiadores, para los luchadores. A punta de gónadas, de ganas y de perseverancia se lleva el tiburón los tres puntos. Y sí, con una bocanada de suerte y superstición deseada por todos los equipos del mundo; y la cantidad exacta que marca a un futuro onceno triunfador.

El cuadrilátero de duelo, Jaraguay, estadio de la calurosa, casi desértica ciudad de Montería, se preparó para el recibimiento del equipo rojiblanco; prepararon las sillas, alistaron los camerinos, los adecuaron, afilaron el césped para el desarrollo mágico de las jugadas de Chará, y escribieron las canciones que exacerbaron al todocampista Teo.

La bandeja estaba servida, un banquete opíparo. La expectativa a flor de piel, todos ansiosos de ver al Junior de los murales artísticos, de los actores de cine mudo que llegaban en puntas, solitarios a puertas del gol, de los dobles de riesgo, que se rompían las piernas por su escudo, todo para que la película de estreno rompiera los récord de taquilla.

El estreno llegó. La boletería se vendió como pan caliente. El estadio estaba a reventar, los jugadores rivales, unos cuantos, no todos, se les acercaban a los costosos productos de la familia Char para pedirles sus camisas, sus medias y demás prendas dignas de encuadrar y futuras muestras de orgullo.

Se pitó el inicio de juego, ambos equipos inician con el mismo número telefónico, 4-4-2; como si tuviesen miedo, respetándose mutuamente. Los oncenos costeños fueron un claro ejemplo de amistad y amabilidad en el primer tiempo; dos minutos, ocho pases hacia adelante y dos para el lado, en manos junioristas, que después le daban mansamente el balón a sus rivales, y ellos, en acto reflejo, acariciaban levemente el esférico, para permutarlo posteriormente.

El panorama se veía nubloso, oscuro, casi lúgubre. Los rojiblancos no armaban una sola jugada de riesgo, y como si fuera poco, los felinos dueños de casa tampoco. Dos animales en la batalla, montados en el ring. En vez de lanzarse rasguños, mordidas o por lo menos un amague, del más inteligente, se abrazaban, se daban la mano y saltaban juntos en el desierto cordobés, todo esto, bajo la mirada de doce mil espectadores que dormían y soñaban con partidos de Champions, de Europa League. Y así terminó el primer periodo. Destacando, que alrededor del minuto 30, el sincelejano Cesar Carrillo, sufrió un ataque de ignominia; se avergonzó de lo que pasaba en el terreno, y decidió irse expulsado. El público bostezó.

Comesaña, al ver  llegar al camerino a sus jugadores, metió la cabeza en un balde de agua helada, la agitó cuanto pudo, y despertó de ese sueño eterno. En medio de suspiros y bostezos, arremetió con sus jugadores, modificó la zona del medio campo y  les levantó el espíritu apagado a sus trabajadores.

Inició la segunda parte. Y como era de esperarse, no resultó ser muy buena, así como todas. Las segundas partes de Duro de Matar, Era de Hielo, Rápido y Furioso, así como la sucesora de El Día de la Independencia, son comparables, casi émulos de lo que se vio en Montería. Ojalá nunca hubiese pasado.

El Junior salió en las mismas, mantuvo el mismo número táctico. Pasivo, temeroso y dormilón. Tal vez estaban cansados por la guerra que tuvieron hace tres días nada más. Mas no es excusa, todos los actores recitaban el mismo libreto, no había explosión alguna. Sorpresivamente el diferente de la cancha, el que no tuvo miedo escénico fue Sebastián Viera, el ídolo, el padre del año, ejemplar. Su esposa acababa de dar a luz, fue corriendo a apoyarla, a recibir inspiración, a aprovechar el clímax de la vida. Vio a su hijo, lo bautizó como crack y se fue, como todo un profesional, a cumplir su tarea.

Juerga de bostezos, ganaba el que bostezara más duro, cual lobo en luna llena. Mientras tanto, el árbitro, otro corrupto de nuestro honorable sistema judicial, señalaba un penal que solo él vio. Soñó despierto y no se dio cuenta. Darwin López, el encargado de fusilar las esperanzas de los hinchas curramberos, de acabar con la vida del arquero Viera, levantaba la mirada y la enfocaba en cuadro inferior izquierdo. El ídolo, el inspirado Sebastián, pensó en su hijo, en su señora, y decidió regalarles su mejor jugada de la cancha. Sonrió, miró al pateador, y tapó el penal. Crack. Boom. Pra. Las onomatopeyas que se escucharon en el estadio. Se rompieron los corazones de los locales.

El partido no mejoró. No aparecieron las estrellas, todos sollozaban de cansancio, le alegaban y suplicaban al técnico el descanso. Chará amenazaba con cobrar más plata, y Teo advertía que ya no correrí más.  Tío Fuad llamó, verborreó groserías y algarabías con Comesaña. Julio entraba en miedo, su cabeza estaba en la guillotina, a punto de desfallecer. Los hinchas no le perdonaban ni una. Julio mostraba un nervio incalculable, a punto de un infarto. Desde el suelo, entre la nada y el calor del día, apareció un tiro de esquina. Centró, rebote en todas partes y el balón en pies de Escalante. A Léiner le temblaba el suelo, le saltaban las piernas y no le llegaba oxigeno al cerebro. Mandó un centro, recepcionó el defensa Rafael Pérez y tiró a portería. Gol. Sufrido pero gol.

Junior ganó, Jaguares sufrió la injusticia siempre presente en nuestra sociedad, el gol fue en fuera de lugar. Pero que no se diga más. Uno a cero, seis puntos de seis y Julio respira. Ahora a verse las caras con los escarlatas. ¡A por la libertad de Colombia!