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En Barranquilla llueve que llueve, a gotas, al de arriba se le olvidó cerrar la llave. Por la 74 cae el arroyo, por la 84 el agua fluye sin parar, así como el famoso caudal de Coltabaco, por la 76; el diluvio se lleva carros, buses, motos y hasta junioristas. Mas no importa, al carro se le amarra con cuerda, al bus con alambre y al palo de mango, la moto que se vaya, se compra otra después, y al juniorista lo agarra otro rojiblanco, lo seca, lo invita a una carimañola y se van juntos al estadio.

De  camino al ‘Metro’ se encuentran con otro fluctuoso caudal, manchado de rojo, parece sangre, y de blanco, una muestra de paz al visitante. El caudal se los lleva como a tiburón dormido, los arrastra y los lleva a umbrales hogareños, a las puertas del carnaval, el carnaval rojiblanco.

En el interior del estadio, se alistan los disfraces. Las marimondas se enfundan su mascara, lustran sus botines de juego e inician la contagiosa juerga; otros, se meten en su disfraz del congo, alistan el machete, limpian las gafas de sol y alisan el pantalón de satín; el único negro del onceno, se repasa los claros con tinta china, se pone el sombrero y practica las muecas, los mohínes y los gestos de derroche; y los africanos, se ponen sus pantalones cortos, le hacen un doblez y embarnizan el escudo.

El equipo juniorista está listo, a las órdenes del maestro de orquesta y de coreografía, Comesaña, un extranjero que como muchos, se enamoró de la bella, ‘Cumbiamba’. Manda a dos marimondas al frente de ataque, los deja en libre albedrío. Atrás, Julio ubica a los africanos, les entrega sus escudos de defensa. Al medio, van dos jugadores, uno disfrazado del congo, y otro africano, el último y más guerrero de todos. Y en total libertad, un poco más atrasado que las marimondas, ubica al único negro de la cancha, al de los mohínes desenfrenados, para que con sus enganches gestuales, desubique a más de un diablo que se quiera llevar a Joselito al Tártaro.

El árbitro se lleva el silbato a la boca, mira al cielo, saluda a los 35 mil espectadores, y abre el telón. ¡Música maestro! Comesaña abre los brazos, alza la batuta y se la lleva de lado a lado. Mientras que los diablos escarlatas disfrutan a ritmo de son de negro. De vez en cuando, dos, aveces tres escarlatas, despiertan de la hipnosis inducida por las muecas africanas, lanzan dos pases y tiran al arco, mostrando el agobio que les genera el ruido carnavalero. Sin embargo a esos ataques repentinos, los africanos los paran sin titubeos, levantan la cara y se la dan al único que no necesita máscara para entrar a la fiesta; sus movimientos indican todo.

Teo para el balón, la gente calla para admirar lo que viene, y suelta el verso de guerra. “Yo soy muy barranquillero y no puedo permitir, yo soy muy barranquillero y no puedo permitir, que aquí venga un forastero a echarme vainas a mí “- así dijo Teo, y así se hizo: de una barrida defensiva en predios visitantes, llegó la primera bofetada para llevarse a Joselito. Recupera, con bata puesta y con instrumentos de cirujano, Jonathan Ávila. El balón cae en pies de Chará, lo doma, lo conduce y desenfunda. Esférico a piernas defensivas, se antoja del baile caribeño, y tira una vuelta de champeta. Gol. Goza el metro. (Esto es simplemente la cortinilla, el pregón inicial de la rumba que viene) Chará va hacia la banda, tira gestos y baila con la gente, mientras espera la tromba de marimondas que lo asaltarán a ritmo del Checo, celebrando el primero gol marcado.

La fiesta iba en la mitad, los forasteros, vestidos de negro, previniendo la muerte, se les veía contraídos, asustados. El rey momo, el que organizaba la fiesta, se conmovió, finalizó la primera parte y les brindó quince minutos de descanso a la banda escarlata.

Los forasteros, al llegar a camerinos, encontraron a un Hernán Torres iracundo. Les gritó, les jaló las orejas y dio unas cuantas instrucciones. La primera, señalando al que más disfruto del baile (Iván Vélez), era cubrir la banda izquierda con otro volante. Y la segunda, que se despertaran todos los jugadores de arriba, parecían emburundangados.

Salen al cuadro carnavalero, los doce jugadores. Los visitantes, acogen las ideas del coreógrafo Torres, Lizarazo se ubica en la banda izquierda y protege de cualquier marimonda, al bailarín Vélez, la fémina más deseada en la Troja. Suena el pito, arranca el baile de la segunda parte. En las gradas, se escuchaba el murmullo de los aficionados; medio se entendía que para el segundo acto, Comesaña iba a mandar letanías. Ojalá.

Para los expertos en el fútbol, después del minuto 45, viene el 46. Allí, en los nacientes minutos del segundo tiempo, llegó el segundo baile, por el mismo personaje. El negro estaba arrebatao, y eso que acaba de llegar, inicio una corrida desde zona defensiva, impresionante. Primero, bailo salsa al estilo coleto, después, se arrimó a la portería contraria en medio de unos cometazos champeteros, y para finalizar la jugada, recibió de Teo, un pase magistral, a lo que definió con pensante pase de terapia. Pies firmes cual madera, pero al mismo tiempo sueltas cual marimonda encandilada, zapateó ese balón como nunca, con esa aleación vista únicamente en Barranquilla. Qué golazo. ¡A bailar marimondas!

Los caleños ya se habían contagiado, nada que hacer. Iván estaba encendido, lo mandaban a bailar con tan sólo una mirada. Y por el otro, Ángulo, que en la primera parte se veía más tieso que un rolo, se prendió, de la nada. Por esos lados, pasaron y pasaron las jugadas de Gutiérrez, de Piedrahita, del gobernante y resucitado Sebastián Hernández, y de los arrebataos atacantes. Era cuestión de minutos, se venía el tercero. El negro estaba imparable, puso a bailar hasta al técnico visitante; él, en una baldoza, se tiró dos vueltas salseras, mandó un pase champetero entre las piernas del desubicado Arboleda, y se la dio a Teo. Todo el mundo sabe, que al costeño arrebatao, en su tierra, no se toca, ese ‘man’ déjenlo quieto. Sin parar el balón, la mandó a guardar. Llórenlo.

El carnaval estaba en su mejor parte, ya todos bailaban; al comienzo habían once disfrazados, pero ahora los visitantes se estaban enmascarando, se habían rendido. Imagínense, hasta los rolos gozaban con la champeta. Pero como toda fiesta, ya se venía el fin, los vecinos llamaban a la policía, el ruido era tenaz. Teo, Ovelar, y demás bailarines, se dieron cuenta de las sirenas policíacas que arremetían a las afueras del Metropolitano. Prendieron por última vez las piernas, mientras que Julio, entonaba la tan ansiada letanía.

(Leáse con el ritmo carnavalero)
Con Chará se arma el bailoteo,
Ovelar ya prendió la fiesta,
Del negro para Teo, él la pasa con alegría
Gutiérrez es un derroche, y la devuelve con valentía
Teo la recoge, y hace un pase de fantasía
De Ovelar para Chará, y el negro se la pifia
Pero tranquila mi gente, se ganó  aquí en Barranquilla

Fin del acto. Tres cero y que no se diga más. Esta rumba será eterna. Así como se contagia en Colombia, la epidemia se esparcirá por toda Sudamérica. El Junior nos liberará, éste 20 de julio, de la burla del país, ya está firmado el acuerdo. Hay dos promesas por cada parte, en Barranquilla todos serán bienvenidos al carnaval, mientra que en las otras ciudades, los demás se dejarán contagiar. Este Junior va por todo. Llórenlo.