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El sol se esconde en la tarde del 19 de diciembre de 1993. En Barranquilla y Medellín, cuatro equipos disputan una lucha simultánea sobre el césped del Metropolitano de Barranquilla y el Atanasio Girardot respectivamente. La ciudad de la eterna primavera es la primera en presenciar el final de la batalla entre los dos equipos paisas, el Poderoso celebra el título, ignorando que en Barranquilla, tiburones y escarlatas continúan derramando las ultimas gotas de sudor en la gran final.

En el Atanasio, ‘La gambeta’ Estrada se enfunda un collar de arepas mientras admira, conmovido, a sus compañeros de escuadra correr como locos celebrando. En el Metro, Valenciano recoge un rebote al borde del área currambera y arranca junto a sus compañeros de guerra, la última arremetida contra la portería del América. Victor Danilo Pacheco recibe la pelota en la mitad de la cancha, la amarra para no soltarla y cabalga, por todo el carril central del terreno, mientras intercambia miradas a izquierda y derecha, divisando a quienes aquella tarde y durante todo el año, han protagonizado las danzas de toque toque en el Junior de Barranquilla. Adelante, esperando paciente a que llegue su amada, se encuentra Valderrama, observando como el segundero en el marcador del encuentro avanza demoliendo consigo los últimos instantes de la temporada 93 en el balompié nacional. ‘Pachequito’ llega por fin a la cita con su socio y le entrega por fin la pelota. – “Listo, ahora el mono resuelve”. El pibe entra en contacto con la pelota y como es costumbre, el tiempo se detiene, para que él, pueda decidir por donde clavará la última estocada el tiburón, para consagrase campeón. Con una sencilla caricia, Valderrama deja pasar a tres diablos rojos que venían a por sus piernas, levanta la mirada y encuentra al goleador del torneo, ‘Niche’ Guerreo, parado sobre la línea del área grande, está listo para recibir y anotar. El mono suelta la pelota.

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Hincha americano desde niño, Miguel Ángel Guerreo Paz había anotado los primeros goles de su vida en las canchas de la sucursal del cielo, ganándose un sobrenombre que hacía referencia a la famosa orquesta salsera del momento y a los movimientos del ‘Niche’ en la cancha, que confundían a los defensas contarios, quienes no sabían si se estaba desmarcando, o los estaba invitando a tirar un paso. Sin embargo y a pesar de salir campeón con el equipo de sus amores en un par de ocasiones, ‘El Niche’ no estaba satisfecho con el rumbo que estaba tomando su carrera, pues si bien, el sueño de todo niño es llegar a dar una vuelta olímpica, también lo es, hacerlo jugando, en la cancha, con los guayos amarrados y la camiseta empapada. Él había sido campeón desde la tribuna. Por eso, cuando en enero del 93 el Junior presentó una oferta de préstamo por sus servicios, ‘El Niche’ no lo pensó dos veces, empacó su maleta, le pidió la bendición a su señora madre y arrancó para Barranquilla.

Desde los primeros partidos, supo que ese era su equipo. Encajaba a la perfección dentro del plantel que Julio Avelino Comesaña había confeccionado para aquel torneo, en donde ‘El Niche’, configuraba el vértice más cercano al área dentro un circuito que impregnaba alegría a la pelota y que tenía puro fútbol en las venas de cada uno de los nombres que lo conformaba. La combinación Mackenzie – Valderrama – Pacheco – Valenciano – Guerrero; hizo y deshizo no solamente en el Metropolitano, sino en varias canchas a lo largo del territorio nacional. ‘El Niche’, con la sapiencia innata de Valderrama, la agilidad de Pacheco y la grandiosa habilidad pivoteadora de Valenciano, consiguió explotar el talento que lo había acompañado desde sus primeros años, pero que, debido a la falta de continuidad y confianza, no había florecido aún.

En diciembre, ‘El Niche’ ya contaba con más de 30 goles en su cartera y su migración rumbo a las canchas del viejo continente parecía inminente, solamente necesitaba cumplir una cita más, una frente al amor de su vida, que llegaba a Barranquilla amenazante, bajo el mando de Pacho Maturana y con jugadores como ‘El Palomo’ Usurriaga y ‘El patrón’ Bermúdez, listos para frustrar la ilusión tiburona de la tercera estrella. Dos goles anotó ‘El Niche’ aquella mágica tarde, celebró ambos a rabiar y hoy, cuando en las calles de su tierra lo cuestionan y señalan, no se arrepiente de ninguno de esos minutos en donde gritó más fuerte que nunca en su vida: “¡Campeón, campeón, Junior campeón!”

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Mackenzie, que venía impulsado con una corrida ininterrumpida desde el círculo central, se interpuso en la trayectoria del balón que rodaba hacía ‘El Niche’. Valderrama lo había divisado desde antes de enganchar cuando recibió el pase de Pacheco; sabía que por más de que el goleador del campeonato se encontrará libre de marca frente al arco, la profecía dictaba que Mackenzie sería el responsable de guardar la pelota en el arco de Oscar Córdoba y regalarle a más de 60.000 almas en el estadio y a una ciudad entera, la alegría más grande que hasta ese entonces, el Junior de Barranquilla había experimentado.

Escrito por: Oscar Esteban Ramirez Valdes