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El génesis de la biblia juniorista, empezó con la señora Micaela Lavalle, la primera diosa del conjunto tiburón, exactamente en el año 1924. De ahí en adelante todo está escrito, revisen. En Verón 1, 1-10 se relata el primer descenso de un profeta a tierra currambera. La segunda iluminación deportiva, mandada por Micaela, irrumpió en las manos de un extranjero argentino, Juan Carlos Delménico. Después, hubo una sequía larga, de casi quince años, en la que se perdió la fe en los fieles, llegando hasta permutar los colores identitarios, por unos verdáceos y foráneos. Hasta que llegó el mago y profeta de la melena dorada, el único ser humano capaz de detener el tiempo, Carlos Valderrama. Y así, se fueron escribiendo, con letras de oro en el firmamento, las leyendas de este exacerbable amor, hasta el día de hoy. Tarde en la que surgió un nuevo profeta.

Todo estaba listo, las banderas, los trapos, los miles de aficionados, el rival y sus seguidores extraviados locales. El plato estaba servido. Partido del mes. Casi una escena teatral del apocalipsis que tanto se habla en Valoy 94. Los jugadores, con el sentimiento a flor de piel, salieron a la cancha. Los visitantes sufrían, antes del silbatazo inicial, llamaron a sus madres, disculpándose por todos los saludos reprochables que escucharían en todo el partido. El profeta y demás apóstoles, se reunían en la mitad del Edén, mientras alimentaban su fe en las tácticas de las escrituras sagradas. Trompetazo inicial. A pelear por la honra, a recuperar la fidelidad de la costa.

A nervio puro, con la fe intacta, y manteniendo la mirada en la esfera santa, Junior tomó posesión del juego. La batalla, claramente iba a ser dura, la cabeza lo sabía. Pero bien adentro, en lo profundo del corazón, irradiando intensa adrenalina en las piernas, se sabía que se debía ganar, a como de lugar. La visita, se sentía incómoda, el griterío de la juerga barranquillera los distrajo, sobre todo a aquellos que con sus actos profanaban el escudo. Parecía una cruzada medieval. Aunque la batalla permanecía en equidad plausible.

Los verdolagas, simplemente tenían una misión neta, bloquear y disociar la pareja del momento, los escribas de Chateo 29, 8. Rompían y deshacían cualquier aproximación que viniera de ellos dos. Les tenían miedo, los respetaban. Teo fue el más activo de la letal dupla, recogía la marca y creaba huecos arriba, se arrimaba al medio y buscaba a la santa, la rodaba, la pisaba y le coqueteaba al tórrido público. No se rendía. Él sabía que su momento había llegado, tanta inmoralidad, tanto sacrilegio verdolaga, que había hecho sufrir a su pueblo, todas esas noches de sollozos, tenían su fin. De pronto, en un balón divido, la religión tuvo un choque ético, el primero que agarrase la preciada, ganaba la ponencia. Ovelar saltó y retomó a la santa, agarro por debajo de su manga su fiel práctica, la que nunca falla. Movió su pecho del perdón, lo sacudió y sacó un pase antológico dirigido a Chará. El negro lo recibió con gusto, intensificó sus piernas y a correr. Y con un simple atisbo, vió al profeta llegar, cacheteó el balón y lo acompañó a pura magia con la vista. Como con la mano. Cuando el día llega, no hay nada que hacer. A Teo se le aguaba la boca, tantas noches en Argentina, en Turquía, Portugal, soñando con aquel gol que se volvía realidad. Sutilmente tocó a la santa, y ella le respondió: «ha llegado el día». Gol.

Alborozos caían y se propagaban por La Murillo, por toda la costa. Todos esos rezos habían sido escuchados. Se le estaba ganado al rival, al villano puro, al diablo eterno que tanto temor daba. Los verdes se defendían con los poemas de Lillo, aunque a punta de verbo y parvulario triunfal no se ganan los partidos.

Arbolé, Arbolé, dulce y verdé
con Rentera y Dayro,
el respeto ganaré.
Fin de la primera parte. 1-0. Fiesta en el Metropolitano, el papa Fuad IV, dejaba ver su gloriosa sonrisa a los vientos.

Juan Manuel, el españolete, le recordaba a sus dirigidos que el no era el político, ÉL ES DIRECTOR TÉCNICO. Ellos veían espejismos, sufrían en el desértico y húmedo estadio. Oasis no había por ningún lado. Igual, tenían que salir al ruedo, levantar la cabeza y defender su escudo. El segundo periplo arrancaba. Tenían que creer en ellos. Los tiburones salían al agua, estaban en su yugo. Se veían confiados, ver sus caras, su sonrisa, las arrugas que dejaban su hoyuelos de inmortalidad, incendiaban el fuego de fe en sus aficionados.

Entraron y salieron jugadores, los dos onceno, a medida que pasaban los minutos, rotaron sus nóminas, buscando y renovando las alternativas. Cambiaban los profetas, las iglesias y los dirigentes religiosos, pero la fe seguía intacta como tiene que ser. Jarlan ya se había sumado al pugilato. Él también sabía. Descendiente de la Melena dorada. Había nacido para esto. Teo estaba en su cuento, no le quitaba el ojo a esa pecosa que lo enloquecía. Cada vez que caía en sus pies, la amañataba, la domaba, la enamoraba. Qué romántico Teo. James le hizo el dos, habló con las hermanas de la pecosa y se la llevó a cita doble con Teo. Él sabe, le echó el cuento, cada que soltaba una palabra la morena extasiaba. «Fui a Argentina, quedé campeón. Fui a Turquía, quedé campeón. Y hoy es mi momento, los signos zodiacales están el línea, los astros y Micaela me han hablado. Hoy te tocaré como nadie.»

Teo enganchó, después de la galopada. Soltó un pase a Jarlan. Impacto lleno de Santa Marta, del Pescaíto, la melena le había hablado. Disparó letalmente a la red. Golazo. Bajó el telón, puso fin al duelo. El nervio se acababa. La fe sigue intacta. Teo viene a deshacer con la hegemonía verde, o por lo menos eso dicen las escrituras, hay que esperar que se realicen y se hagan realidad. Ya saben como es la religión, aunque, por lo menos, hoy se cumplió la letra de Valenciano 1,1-18. «Junior se pasea a Nacional en Barranquilla.»