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Un mar azul arropaba las calles de la capital. El recuerdo de los triunfadores españoles;en tierras ajenas levantaron sus banderas, agitaron sus trapos y coronaron en la futura metrópolis. Las gradas temblaban, los barristas de la casa, iluminaban su hogar con luces y bengalas, defendían, como siempre, a capa y espada sus colores. Preparaban la juerga contra los aficionados de esa mítica región, aquella que se viste de rojiblanco al recordar las macondianas historias que los emocionan, entristecen y los envuelven en un amor tan insoportable, como la justicia colombiana.

Dicha capital, ya crecida, llena de sueños, riquezas, construcciones y también de pobreza e inopia, estaba lista para celebrar su fundación. Sonaron los himnos, con los jugadores, ya en el terreno de juego. Sonó el de amarillo, azul y rojo, el tricolor que nos vuelve mosqueteros de defensa recíproca y mutua. Después sonó el esperado por los capitalinos. El estadio explotó en un solo soprano, fuerte y desafinado. Se vieron llantos llenos de alborozo, gritos de un pueblo desorientado por sus injusticias y dirigidos por un sector que, pareciese, vive en la anomia total.

Los bandos prepararon sus armas, las orquestas estaban a la espera del llamado arbitral de duelo. Sonó el silbato. Y las convulsiones se detuvieron, el nervio tenía que detenerse, las piernas debían encenderse con fuerza, los pies afinar su tonada, para disponerse al duelo. Los visitantes fueron los primeros en tocar la esférica. Arrancaron confiados, engalanados y con ansias de ganar. Pero en los minutos posteriores, los disfrazados de fundadores albiazules, pusieron en función sus piernas, para buscar el balón. Convirtiendo el estadio en una cancha de barrio; a las porterías en dos piedras rayanas, que dividían el fulgor y la dicha del gol, con la desdicha y el silencio de las ansias de conseguirlo; a los jugadores en desalineados futbolistas de patio, guerreros que volvían a sus jaulas de nacimiento. Era un choque de titanes que no daban a su nínfula por perdida.

En medio del duelo, cayó el primer herido. El arbitro pitó falta. Los junioristas tenían cerca a las rayanas piedras del guardameta Vikonis. James pidió el cobro, él ya sabía donde clavar la redonda. En su mente ya la información estaba dada. Centro al punto penal, y que se la disputen. Apareció un desorientado mohicano local, se perdió en las fronteras de la memoria y se halló con una piel morena, cantando y bailando champetas, muy lejano de lo que es ahora. Saltó y cabeceó hacia su propia portería. ¡BANG! Al palo. Estadio e hinchas callados en medio de la ignonimia impuesta por Juan Guillermo. Hasta los jugadores habían caído en la distracción total, sus piernas estaban gélidas, bajo cero era su temperatura. Temblaban de frío. Jefferson Gómez aprovechó el desazón y bombardeó desde la linea al pórtico rival. El balón siguió y siguió derecho, rompió la ventana de la vecina, pues no había malla, ni cancerbero que atajara el disparo. Gol. Silencio total. ¡ . . . ! Desgastaba los tímpanos.

Azules a disparar, pareciese que fue la orden de Russo. Después del balde de agua fría que cayó sobre ellos, tuvieron un leve despertar. Harold Mosquera, Jair Palacios, el venezolano Kouffaty y Riascos, fueron los encargados de devolverle la posibilidad de soñar a sus hinchas, aunque fuese con disparos netamente colombianos, es decir, por encima de la cancha. Directo a las gradas. Esta vez, por lo menos, directo a la fanaticada costeña. Remates, tiros y disparos hasta el acabóse de la primera mitad.

Al iniciar el periodo complementario, las tribunas albergadoras de la religión juniorista, retumbaban de saltos y vítores, infundados de saludos a las madres de los veinte mil aficionados locales, que dignamente respondían. Estaban felices, lucían todos sonrientes, extasiados por el trabajo leal de sus representantes. El carnaval llegaba a Bogotá. Sin importar el clima frívolo, arremetió con todo su sabor, y puso a bailar a más de uno.

Pitazo inicial. Comienza el bailoteo. Millonarios realizó dos cambios, necesitaban esta victoria para complacer a su gente. Además, en las gradas se jugaba otra batalla. El regionalismo de siempre entre los costeños y los cachacos. Un duelo entre los viejos refranes, entre los viejos adagios populares.¡Cachaco, paloma y gato, son tres animales ingratos!- decían los más longevos hinchas en el Campín. Los azules respondían con buen juego, fueron de todo excepto ingratos. Lucharon, dispararon al arco rival; se engalanaron y gracias al aliento de los cánticos de sus hinchas, se acercaron a predios del gol. Pero después de esas luchas, de tanto batallar para arrimarse a las piedras rayanas de gol, se encontraron con un inspirado ángel. Sebastián Viera. Cada atajada, impulsadas por su gente, significaban un gol para los tiburones.

En medio de los intentos ofensivos de Millonarios, apareció una jugada solitaria de clase mundial. Los hospitales cercanos al estadio se llenaron de heridos. O sino, pregúntenle a Cadavid, que terminó sobre la Avenida 30, tirado, solitario y adolorido. Sollozando de frío. James Sánchez recuperó el balón. Caminó dos, tres pasos y lo levantó hacia el depredador del área. Apenas aterrizó el balón, Chará sabía que era su momento. Atisbó pasivamente a los hinchas que le cantaban detrás de los tres palos y se llenó de confianza. Corrió, corrió y corrió. Corrió. Cadavid llegó solo; con miedo a un enganche fulgurante se barrió. Y Yimmy, con una gambeta alegre, una pausa valenciana, casi digna del mono Valderrama, mandó al quirófano al central Andrés. Operación de cadera, rotura de coxis con herida abierta, con peligro de ignonimia. Ya estaba. Ya fue. Golazo del asesino, del ilusionista.

Los rolos no aguantaban más, los costeños les estaban pintando la cara. Sus robóticas piernas, se estaban calentando con el carnaval, ¡estaban bailando! No tan bien, pero lo intentaban. Los niños le preguntaban a sus madres- ¿qué es esto tan terrorífico mami?- nunca lo había sentido. Era impresionante, todo era una fiesta tiburona. Y ya se sabe, como dice el adagio futbolero de antaño, «cuando el Junior gana en Bogotá… cuídense». De pronto, de entre los suelos ctónicos, apareció un irreverente defensa. Se alejó de su zona de confort y llegó a probar su fe desde media distancia. Viera no tuvo nada que hace. Lo vencieron. Dos a uno. La esperanza entraba en la lista de condimentos del partido. Y el central De Los Santos, el chef de la ilusión, fue el encargado de solventar y mezclar su pizca esperanzadora con los ingredientes costeños, que se robaban el sazón de los platos andinos.

Al final, el banquete fue copiosamente caribeño. Lleno de arepas de huevo, hallacas sazonadas con pico de gallina, carimañolas de queso, carne y hasta de piel de gallo. Se fundó una nueva ciudad, Bogotilla, hace frío, los políticos no oyen, se mandan solos, pero el calor de la gente le gana a toda adversidad. ¡El carnaval se tomó la capital!