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El sol se esconde en la tarde del 19 de diciembre de 1993. En Barranquilla y Medellín, cuatro equipos disputan una lucha simultánea sobre el césped del Metropolitano de Barranquilla y el Atanasio Girardot respectivamente. La ciudad de la eterna primavera es la primera en presenciar el final de la batalla entre los dos equipos paisas, el Poderoso celebra el título, ignorando que en Barranquilla, tiburones y escarlatas continúan derramando las ultimas gotas de sudor en la gran final.

En el Atanasio, ‘La gambeta’ Estrada se enfunda un collar de arepas mientras admira, conmovido, a sus compañeros de escuadra correr como locos celebrando. En el Metro, Valenciano recoge un rebote al borde del área currambera y arranca junto a sus compañeros de guerra, la última arremetida contra la portería del América. Victor Danilo Pacheco recibe la pelota en la mitad de la cancha, la amarra para no soltarla y cabalga, por todo el carril central del terreno, mientras intercambia miradas a izquierda y derecha, divisando a quienes aquella tarde y durante todo el año, han protagonizado las danzas de toque toque en el Junior de Barranquilla. Adelante, esperando paciente a que llegue su amada, se encuentra Valderrama, observando como el segundero en el marcador del encuentro avanza demoliendo consigo los últimos instantes de la temporada 93 en el balompié nacional.

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Era 1989, la Selección Colombia de ‘Pacho’ Maturana se preparaba para la cita orbital del siguiente año y en una de las tantas sesiones de entrenamiento programadas en el Estadio Metropolitano de Barranquilla, un grupo de jugadores pertenecientes al equipo juvenil del Junior, fue citado para hacer las veces de sparring frente a René Higuita, Andrés Escobar, Leonel Álvarez, Carlos Valderrama y compañía. Después de darle unas cuantas vueltas a la cancha como calentamiento, y hacer un par de jueguitos con la pelota, el ‘Bolillo’ Gómez sopló su silbato para llamar la atención del grupo. Aquella jornada estaba destinada al trabajo táctico defensivo, una insignia personal de los equipos dirigidos por Maturana.  ‘Bolillo’ dictó las ordenes de un ejercicio que ya todos conocían y en el cual participaban solamente los cuatro defensores junto a los dos mediocentros; este consistía en realizar movimientos de basculación y recuperación de pelota.

Víctor Danilo Pacheco, que con apenas 15 años ya contaba con un bagaje significativo en las canchas del fútbol juvenil, se encontraba pasmado de la emoción al encontrase parado sobre el mismo césped junto a sus ídolos de infancia, Bernardo Redín y El Pibe Valderrama. Pachequito, absorto totalmente, casi no reacciona cuando recibió la pelota para enfrentarse contra la muralla que tenía frente a él. Primero fue Leonel Álvarez, quien no alcanzó a darse cuenta en qué momento aquel muchachito lo rebasó sin siquiera voltearle a mirar; después siguió Luis Carlos Perea y por último Andrés Escobar, sin ninguno poder conseguir acercarse a la pelota que ‘Pachequito’ llevaba a amarrada a sus pies. Aquella tarde, el súper-equipo que encarnaba la Selección, se vio superado por un tipo que no llegaba a los 1,65 y del que nadie había escuchado antes su nombre. Valderrama ignoró por un momento los regaños a gritos de ‘Pacho’ y ‘Bolillo’, para fijarse en Pachequito, sin imaginarse que en menos de 5 años, volvería a encontrárselo en la misma cancha y con la camiseta del Junior en su torso.

Era 1993, El Pibe Valderrama se bajó del avión en el Ernesto Cortissoz de la ciudad Barranquilla y lo primero que vio después de recoger sus maletas, fue un afiche de 2 metros de largo con la leyenda inscrita en letras rojas que decía “Valderrama y Pachequito: La sociedad del talento”. Cuando llegó a su hotel, el mono llamó a Fabio Poveda:

– Ajá Fabio, ¿y por qué le dicen ‘Pachequito’ a Victor Danilo?

– Por cariño, Pibe. Respondió el difunto periodista.

– No señor, desde ahora él será ‘Pachecón’. Sentenció Valderrama.

Efectivamente, desde ese día, a pesar de que la gente lo siguiera llamando ‘Pachequito’, para el Pibe, Victor Danilo siempre fue ‘Pachecón’.

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‘Pachequito’ llega por fin a la cita con su socio y le entrega por fin la pelota. – “Listo, ahora el mono resuelve”. El pibe entra en contacto con la pelota y como es costumbre, el tiempo se detiene, para que él, pueda decidir por donde clavará la última estocada el tiburón, para consagrase campeón. Con una sencilla caricia, Valderrama deja pasar a tres diablos rojos que venían a por sus piernas, levanta la mirada y encuentra al goleador del torneo, ‘Niche’ Guerreo, parado sobre la línea del área grande, está listo para recibir y anotar. El mono suelta la pelota. Mackenzie, que venía impulsado con una corrida ininterrumpida desde el círculo central, se interpuso en la trayectoria del balón que rodaba hacía ‘El Niche’. Valderrama lo había divisado desde antes de enganchar cuando recibió el pase de Pacheco; sabía que por más de que el goleador del campeonato se encontrará libre de marca frente al arco, la profecía dictaba que Mackenzie sería el responsable de guardar la pelota en el arco de Oscar Córdoba y regalarle a más de 60.000 almas en el estadio y a una ciudad entera, la alegría más grande que hasta ese entonces, el Junior de Barranquilla había experimentado.

Escrito por: Oscar Esteban Ramirez